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Crónica de la intervención de Jorge Riechmann en "La batalla de las ideas"

Hemos iniciado un nuevo ciclo de Metiéndonos en Jardines afrontando el debate sobre” La batalla de las ideas”. En la situación actual de crisis ecosocial, uno de los mayores retos con los que nos encontramos es cómo enfrentarnos a los límites biofísicos del planeta, cómo plantear alternativas a los modelos actuales de producción y consumo, garantizando a la vez las necesidades básicas vitales de la población. Para situarnos en este contexto hemos contado con Jorge Riechmann,  filósofo y ecologista, profesor de Filosofía Moral de la UAM que participó en la charla programada el pasado 5 de febrero.

 

Jorge Riechmann introdujo el debate planteando que “hay que pensar con realismo lúcido, con más valentía que inteligencia y con un amor compasivo”. A continuación afirmó que “sólo en el marco de la lucha de clases no vamos a llegar muy lejos”. El filósofo empezó enmarcando la idea del  techo ambiental y el suelo social, que  nos puede remitir a la llamada “economía de la rosquilla”, que se representa como un donut que, en el exterior, tiene los límites biofísicos y en el interior las necesidades básicas de las personas, que son el suelo social.  Esta rosquilla se adelgaza entre estos límites debido a la degradación de los recursos y a la gran necesidad de éstos para los más de 7 mil millones de habitantes del planeta.

Si hoy pensamos en términos de igualdad, no como un privilegio para unos pocos, tendríamos que hablar de que estos recursos sean generalizables. Pero nos encontramos que una quinta parte del planeta, los que mejor vivimos, en términos de huella ecológica, consumimos entre 3 y 5 veces la capacidad ecológica de nuestro territorio. Si todos los habitantes del planeta hiciéramos lo mismo necesitaríamos para vivir  tres planetas como el nuestro.

Para un reparto justo de estos recursos, y que estuvieran disponibles en la misma medida para generaciones futuras, la población más privilegiada tendríamos que disminuir drásticamente nuestro consumo: la ingesta de carne a una quinta parte, el espacio habitado y la energía consumida a un cuarto, los desplazamientos en vehículos a una décima parte, el parque de vehículos de España pasar de 30 millones a 180 mil.  “Vivimos como Saturno, devorando a nuestros nietos”, concluyó.

“Lo que es ecológicamente necesario está lejísimos de lo que es cultural y políticamente posible hoy”

El calentamiento global es sólo el síntoma de los desarreglos que esta forma de producción y consumo está causando. “¿Cómo cambiamos todo esto, aunque sólo sea un poco?”, se preguntó.

Riechmann reconoció que muchas de las preguntas que nos hacemos tienen un carácter contradictorio, encierran paradojas, por eso, cuando menos, hay que empezar por compartir un diagnóstico lo más veraz posible de la situación, aunque nos haga impopulares. Negar la relevancia de los límites biofísicos nos lleva a una especie de optimismo demente, del que no es ajeno alguna “izquierda optimista”.

Hay que pensar en lo que nos puede venir: cambio climático, la sexta gran extinción, el agotamiento de los minerales (incluido el petróleo), descenso de energía neta. Esto nos lleva a pensar que “cambiar es difícil, pero no cambiar va a ser más difícil todavía”.

Según el profesor de filosofía moral, “en general pensamos en soluciones fantásticas, para un mundo fantástico”. De esta forma, Riechmann cuestiona “si una renta básica generalizable no es también una solución fantástica, cuando nuestro problema va a ser evitar hambrunas masivas a no muy largo plazo”. Afirmó que  “reconocer que no tenemos soluciones, dentro de este paradigma cultural dominante, sería la condición para que existan soluciones, que hoy están fuera de nuestro alcance”. En su opinión “si seguimos el curso por el que nos lleva este capitalismo financiarizado, fosilista, heteropatriarcal, el “business usual” de los anglosajones, se seguirá deteriorando la naturaleza y nos llevará a alternativas infernales”. Por eso nos alertó de que “tenemos problemas muy serios con la biodiversidad, la erosión, la desertización..., en 60 años con los procesos destructivos actuales  se acabaría con el suelo fértil”. Sin embargo, desde su punto de vista ecologista cree que aún “hay margen para hacer cosas”, afirmó, apuntando algunas líneas de actuación:

 Apenas el 25% de la comida que se cosecha en peso la consumimos en forma provechosa. Una parte se desperdicia por mala gestión, otra parte en sobrealimentación. Hay un gran margen de mejora para dar de comer a la gente.

Hay una ingesta importante de carne, en la que se pierde 9 de cada 10 partes de energía.

Hace falta un salto a otro paradigma diferente: en la dieta, la producción de alimentos, distribución en circuitos cortos.

El consumo de energía, es otro de los elementos en los que actuar. Lo que afrontamos es un exceso de expectativas de energía, más que la escasez. Estamos consumiendo tres toneladas equivalentes de petróleo por habitante y año. Aquí hay un margen muy grande en ahorro, senda en la que ya nos encontramos.

Si adaptamos  racionalmente nuestro metabolismo a la biosfera tenemos un gran margen de maniobra para un ajuste de buena manera, en relación a nuestras necesidades básicas, no con los deseos extravagantes de una sociedad consumista.

Si partimos de una antropología mínima, señaló, se  tienen que satisfacer unas necesidades mínimas para que la especie humana sobreviva, que se pueden reducir a dos tipos: primero, necesidades físicas de alimentos, cobijo y similares,  y segundo, unas necesidades mentales de encontrar un sentido al mundo donde nos encontramos.

Si nos preguntamos qué dota de sentido a la vida humana,  qué la hace vivible, si pensamos en el tiempo pasado (y alguno reciente) podemos establecer ocho vías o mecanismos básicos de integración: el trabajo, el consumo, la religión y el pensamiento mítico, la nación, otras formas de vivencia comunitarias, la guerra, y, actualmente, el ciber-mundo de internet. Muchas de estas vías son altamente indeseables, las posibilidades de barbarie son muy grandes; por lo tanto la tarea de evitarlas y preservar los logros de lo que hemos llamado modernidad debe estar en nuestros propósitos.

Tenemos sociedades en las que se están deshaciendo los mecanismos de integración social existentes, la posibilidad  de fascismos de baja y alta intensidad y de barbaries son cada vez más concretos.

Finalmente, aportó algunas propuestas de formas de integración en que deberíamos apoyarnos  y pensar más en colectivo, que las podemos reducir a dos: primero  el trabajo, que tendrá un papel creciente; segundo, los marcos de pensamiento mítico. En su opinión necesitamos trabajar algo así como  un marco de la madre tierra, más que los imaginarios de dominación, formas de convivencia comunitaria que eviten lo tribal, un tipo de construcción cultural que recupere los elementos de vida buena que no tienen coste energético grande.

En el futuro serán de mucha importancia las ideas de un ecofeminismo de subsistencia,  el neo-malthusianismo libertario, deberíamos plantearnos un movimiento de colonización permacultural,  el ecosocialismo.

Riechmann nos invitó a desarrollar bastante la imaginación institucional, siendo conscientes  de que hay un problema muy serio a la hora de hacer política con estas propuestas.

Algunos elementos de estas propuestas permitirían desarrollar una vida más grata y atractiva, pero esto no se puede percibir de esa forma si no es situándonos en un marco de valores muy distinto del que tenemos ahora.

Concluyó identificando alguna de las batallas que tendremos que disputar: “muchas de las propuestas que se plantean, desde el marco cultural  hoy dominante, son percibidas como retroceso y empobrecimiento, aunque esto no tiene por qué ser así, y aquí tenemos un problema mayor…”.

Con este reto de convencer a la gente se cerró el acto, pero el debate sigue abierto.

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