Artículo publicado por Joaquín Robledo, Coordinador Provincial de Izquierda Unida en Valladolid, en Delicias al día.
"No ha pasado poco tiempo desde que estalló la crisis (las crisis) que nos azota y en estos meses sólo la izquierda ha denunciado una deriva que nos parecía evidente: los ciudadanos ya no pintamos nada. Lo he escrito más de una vez en estas páginas."
Cierto es que disfrutamos de un régimen de libertades pero el poder económico se ha establecido en unos pocos focos de decisión, lo que eufemísticamente se denominan mercados. Las decisiones están encaminadas a que este poder se afiance y el sentido clásico de la economía, la administración de recursos escasos con la máxima eficiencia, ha quedado en el olvido. Pues bien, parece que esta reflexión va cuajando en sectores más moderados. Hace unos días Iñaki Gabilondo se fue de vacaciones. Pero antes, en el comentario del último programa de la temporada, reflexionaba en el siguiente sentido:“Este es nuestro último comentario que queremos dedicarlo al asunto que nos parece más importante del curso. Porque el curso que concluye no nos parece que haya sido un curso como los demás, porque lo ocurrido tras la hecatombe financiera ha sido tan aplastante que nos parece que marca un antes y un después. La naturalidad con que ha impuesto su ley en todo el mundo la doctrina que nos arrastró al abismo, ha descorrido el cortinón que ocultaba una gran verdad. Incluso los ojos que no querían ver o los oídos que no querían oír han tenido que darse por enterados. Somos súbditos de los mercados, es decir que el régimen en que vivimos es una dictadura; una dictadura muy particular, pero una dictadura, disfrazada con los ropajes de la democracia, pero una dictadura. Nuestros orgullosos estados, nuestros representantes políticos, la mayoría de nosotros los ciudadanos, fingimos no darnos cuenta y manejamos toda la gesticulación de la normalidad democrática pero ya no podemos ignorar que los caminos están trazados, que fuera de ellos no hay salvación y que nuestra libertad sólo puede ejercitarse en el pequeño margen de elasticidad -un poquito mas paquí, un poquito mas pallá- que se nos autoriza. En fin, que no estamos desde luego ante ninguna situación que queramos calificar con tremendismo. No hay tremendismo en esta afirmación. En los últimos meses hemos podido comprobar que se ha decretado un modelo obligatorio de gobernación. La socialdemocracia, por ejemplo, ha quedado prohibida de facto. Se le permite gobernar, eso sí, con tal de que no sea con sus propios puntos de vista. Así que una vez que esta evidencia, era largamente sabida pero, ha estallado de forma tan clamorosa se trata de saber ahora que hacemos: si aceptamos sin reparos esta dictadura o si lo ocurrido, lo tan evidentemente puesto de manifiesto, desencadena una reflexión de fondo sobre la democracia y sobre su futuro que no debe ocupar sólo a la izquierda, naturalmente, pero para la izquierda se convierte en decisivo. O descubre su sentido y su papel en esta nueva realidad o estará condenada a, en fin, a marchitarse y a desdibujarse. Es un punto de vista pero tengo la impresión de que por aquí van aproximadamente las cosas”.
Nada que no hubieran leído en este mismo periódico. La diferencia es que la firma ya no es de un coordinador de Izquierda Unida sino de alguien con un perfil tan centrado como el del periodista donostiarra. Empezamos a coincidir en el diagnóstico. Quizá llevamos tiempo coincidiendo pero no lo ha reconocido hasta que se ha visto impelido por la evidencia. Quizá es todo más sencillo e Iñaki, que ya tiene una trayectoria y una edad, se ha saltado la ley del silencio que imponen los grandes medios de comunicación porque ya nada tiene que perder. En cualquier caso el paso está dado y era necesario. Sin ser suficiente es más importante de lo que a simple vista pudiera parecer. Nuestros estados, orgullosos les dice Gabilondo en recuerdo a los patronos del Titanic, tienen os cimientos corroídos. De eso son conscientes los que lo decimos y los que callan. Para su reconstrucción se necesita un proyecto, por eso callan los que callan, porque el suyo es el que se impone. Urge la reflexión que plantea Gabilondo pero no sólo en las organizaciones de izquierda, también en la calle. El poder económico ha lanzado un órdago a la grande y se requiere una respuesta de la misma dimensión. Para eso tenemos que romper muchas cadenas y estructuras caducas de pensamiento. Sus análisis son globales y nuestra contestación es cada vez más local y fraccionada. Cuando nos peleábamos, por ejemplo, para que Renault estuviera aquí y no allá les hacíamos el juego gordo: recortaban empleos, sangraban a las administraciones públicas y se reían mientras veían enfrentarse a obreros españoles y eslovenos. Tenían la batalla ganada. Como no podemos esperar ninguna gracia de su parte, pongamos de la nuestra. Primer punto, saber que somos súbditos. Segundo, preguntarnos si queremos seguir siéndolo.
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le Miércoles 4 agosto 2010 a las 11:51
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IU Valladolid
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