Silencios como losas. Artículo publicado por Joaquín Robledo, Coordinador Provincial de Izquierda Unida Valladolid, en Delicias al día.


Dos personas han acaparado la atención informativa los últimos días: Baltasar Garzón y Juan Antonio Samaranch. Aparentemente nada hay que les relacione. El uno, juez de la Audiencia Nacional está acechado por la extrema derecha por haber abierto una causa que pretendía juzgar los crímenes que se cometieron a lo largo de la dictadura franquista. El otro, prohombre de bien, falleció y los medios de comunicación loaron su figura hasta el extremo. Nada que ver pero son las dos caras de la misma moneda.
En el anverso se dibuja una sociedad democrática que fue obligada a olvidar su pasado. En el reverso miles de víctimas siguen esperando el respeto para sus deudos. El tiempo pasa y se le utiliza de coartada para la inacción. Los mismos que dicen que hace muchos años de eso son los que, derramando hormigón sobre la historia, consiguieron que el tiempo fuera pasando. Esa época de difícil acotación temporal que se ha llamado transición fue una obra de ingeniería que logró sepultar cuarenta años y que disfrazó de concordia lo que no era más que un trabajo de tahúres. Se tendió un manto de silencio y se marcaron las pautas para que desaparecieran de un plumazo las responsabilidades por unos crímenes que pareciera que nadie hubiera cometido. Nuestra democracia avanzó tanto que, con el mismo juez que ahora pena de banquillo en banquillo como protagonista, recorrimos mundo dando lecciones. Consejos vendo que para mí no tengo. Cuando los acusados no se llamaban Pinochet o Videla, cuando no eran foráneos sino locales, se desató la tormenta. El rey estaba desnudo. La ordenación jurídica española, como la argentina, como la chilena, se desplegó con mecanismos de punto final, eso sí, mucho más sutiles, más eficaces por tanto. El silencio sobre ese pasado reciente es un hecho vergonzante pero que ha tomado carta de naturaleza. Quizá, ahora que hemos visto que existe la imposibilidad para analizar, a la luz de los juzgados, lo que ocurrió, nos encontremos con un juez extranjero que aplique esas normas internacionales que España ha suscrito. Hasta ahora no existía esa posibilidad ya que, en principio, existían los recursos para hacerlo nosotros mismos. Hemos visto que no es posible y, quizá, la imagen de Garzón en el banquillo atraiga a un émulo suyo de otras latitudes que venga a cantarnos las cuarenta. Mientras esto pasa, los medios de comunicación han gastado toneladas de tinta recordando los méritos del difunto Samaranch. Méritos que sólo fueron posibles por sus complicidades con el franquismo. Su ascensión a la presidencia del COI fue impulsada desde su cargo de delegado nacional (del movimiento) de Educación Física y Deportes al que había llegado desde la concejalía de deportes del Ayuntamiento de Barcelona allá por los años cincuenta. Poco, muy poco, se ha escrito de la parte de su biografía correspondiente a esa etapa. Así estamos. El que, en su condición de juez, pretende reparar está en manos de los que fueron beneficiarios del fascismo. El que obtuvo réditos de su condición de falangista ha sido enterrado con todos los honores reservados a los grandes hombres. Una sociedad puede edificarse con el perdón pero nunca sobre el olvido. El perdón es potestad de las víctimas, el olvido imposición de los verdugos.
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articulos publicados en /Sala de Prensa /Artículos de opinión /Artículos de Joaquín Robledo, Coordinador de IU en Valladolid le Martes 4 mayo 2010 a las 19:02 por IU Valladolid | Leido 319 veces
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Silencios como losas. Artículo publicado por Joaquín Robledo, Coordinador Provincial de Izquierda Unida Valladolid, en Delicias al día.


Dos personas han acaparado la atención informativa los últimos días: Baltasar Garzón y Juan Antonio Samaranch. Aparentemente nada hay que les relacione. El uno, juez de la Audiencia Nacional está acechado por la extrema derecha por haber abierto una causa que pretendía juzgar los crímenes que se cometieron a lo largo de la dictadura franquista. El otro, prohombre de bien, falleció y los medios de comunicación loaron su figura hasta el extremo. Nada que ver pero son las dos caras de la misma moneda.
En el anverso se dibuja una sociedad democrática que fue obligada a olvidar su pasado. En el reverso miles de víctimas siguen esperando el respeto para sus deudos. El tiempo pasa y se le utiliza de coartada para la inacción. Los mismos que dicen que hace muchos años de eso son los que, derramando hormigón sobre la historia, consiguieron que el tiempo fuera pasando. Esa época de difícil acotación temporal que se ha llamado transición fue una obra de ingeniería que logró sepultar cuarenta años y que disfrazó de concordia lo que no era más que un trabajo de tahúres. Se tendió un manto de silencio y se marcaron las pautas para que desaparecieran de un plumazo las responsabilidades por unos crímenes que pareciera que nadie hubiera cometido. Nuestra democracia avanzó tanto que, con el mismo juez que ahora pena de banquillo en banquillo como protagonista, recorrimos mundo dando lecciones. Consejos vendo que para mí no tengo. Cuando los acusados no se llamaban Pinochet o Videla, cuando no eran foráneos sino locales, se desató la tormenta. El rey estaba desnudo. La ordenación jurídica española, como la argentina, como la chilena, se desplegó con mecanismos de punto final, eso sí, mucho más sutiles, más eficaces por tanto. El silencio sobre ese pasado reciente es un hecho vergonzante pero que ha tomado carta de naturaleza. Quizá, ahora que hemos visto que existe la imposibilidad para analizar, a la luz de los juzgados, lo que ocurrió, nos encontremos con un juez extranjero que aplique esas normas internacionales que España ha suscrito. Hasta ahora no existía esa posibilidad ya que, en principio, existían los recursos para hacerlo nosotros mismos. Hemos visto que no es posible y, quizá, la imagen de Garzón en el banquillo atraiga a un émulo suyo de otras latitudes que venga a cantarnos las cuarenta. Mientras esto pasa, los medios de comunicación han gastado toneladas de tinta recordando los méritos del difunto Samaranch. Méritos que sólo fueron posibles por sus complicidades con el franquismo. Su ascensión a la presidencia del COI fue impulsada desde su cargo de delegado nacional (del movimiento) de Educación Física y Deportes al que había llegado desde la concejalía de deportes del Ayuntamiento de Barcelona allá por los años cincuenta. Poco, muy poco, se ha escrito de la parte de su biografía correspondiente a esa etapa. Así estamos. El que, en su condición de juez, pretende reparar está en manos de los que fueron beneficiarios del fascismo. El que obtuvo réditos de su condición de falangista ha sido enterrado con todos los honores reservados a los grandes hombres. Una sociedad puede edificarse con el perdón pero nunca sobre el olvido. El perdón es potestad de las víctimas, el olvido imposición de los verdugos.
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