LA CIUDAD DE LAS PERSONAS
Con cuatro años por delante después de las recientes elecciones municipales, y en una ciudad donde se apuntan grandes planes urbanísticos, así como la reforma del Reglamento de Participación Ciudadana y otras iniciativas de cierto calado, sería interesante recordar qué fue lo que les ocurrió a los exploradores de las Amazonas.
Los exploradores que a principios del siglo XX se adentraron en la amazonía buscando sus extraordinarias y misteriosas ciudades, tardaron en darse cuenta de que nunca hallarían las enormes piedras sillares, templos ni empedradas calzadas que habían fabulado los conquistadores del XVI. Ni desde el aire, mediante avionetas, ni por tierra, entre la selvática maleza, pudieron dar los exploradores contemporáneos con palacio alguno. Estaban desconcertados, pues cada vez que atravesaban algún viejo poblado y deambulaban por entre sus gentes y sus cabañas, ninguna piedra daba señales de haber constituido edificación alguna. Hasta que cayeron en la cuenta de que en medio de la selva amazónica, entre sus intrincados bosques, sin embargo, sí que hubo, y había, ciudades. Sólo que estas no eran como se habían imaginado. Había ciudades, aunque parecieran pequeñas aldeas, porque sus poblados se comunicaban entre sí y mantenían sendas abiertas, las pequeñas tribus tenían claros códigos de conducta, estructura y jerarquía social; sus habitantes desarrollaban un fuerte concepto de pertenencia a una colectividad y organizaban la vida para el bienestar de todos sus moradores. Es decir, ocupaban el territorio de una forma ordenada, tenían estructura social y desarrollaban formas de satisfacción de sus necesidades. Que fuera en cabañas o en palacios era totalmente irrelevante.
Indicaba al principio del artículo que no viene mal recordar esto en una época en la que las ciudades, en buena medida, se diseñan desde el aire: construcciones y dotaciones emblemáticas, edificios singulares como símbolo de poder económico, intervenciones urbanas radicales como atractivo turístico, reformas quirúrgicas frente a procesos de reconversión, etc. Y Valladolid no es ajeno a este proceso dominante. De hecho, buena parte de los discursos electorales que recientemente hemos escuchado se asientan en “grandes proyectos de ciudad”: soterramiento del ferrocarril, operación urbanística junto al estadio de fútbol, palacios de congresos, etc. Es muy probable que, además, sea más fácil construir discurso político y llamar la atención de los ciudadanos en torno a estos supuestos que sobre asuntos tan poco espectaculares como, por ejemplo, la construcción y sostenimiento de residencias para personas mayores (el sector público cada vez está mas ajeno a esto) o sobre la inserción laboral de buena parte de nuestros jóvenes que no terminan el bachiller (España es el país de la Unión Europea con mayor nivel de fracaso escolar). Además, delante de los ciudadanos hay retos muy importantes relacionados con los problemas medioambientales y con la integración cultural a los que la ciudad, ni mucho menos, puede ser ajena (es más, es el escenario básico).
Dicen quienes se dedican a escudriñar el futuro de las ciudades pensadas para las personas, que éstas cada vez más deben ser espacios de más libertad y de mayor igualdad. Los arquitectos Del Caz, Gigosos y Saravia en su reciente libro sobre el planeamiento de las ciudades lo resumen muy acertadamente: la ciudad de los derechos humanos.
Para trabajar por esos objetivos una de las claves está en la participación, en la implicación de todos los protagonistas sociales que se sientan concernidos por los desafíos del futuro. Por eso es importante que el Gobierno Municipal lubrique muy bien la maquinaria del encuentro ciudadano más allá de las diferencias puntuales, por muy agónicas que a veces parezcan: política de aparcamientos o de recalificaciones urbanísticas. Y parece que en alguna medida se quieren reorientar algunos desencuentros al poner al frente de la Concejalía de Participación Ciudadana a una persona que tiene experiencia y muestra sensibilidad para el entendimiento.
Por otro lado, próximamente se va a iniciar la redacción de un nuevo Reglamento de Participación Ciudadana. Tengo la impresión de que tiene, entre otros objetivos, actualizar en algunos asuntos el viejo reglamento de 1989, introducir la figura de Concejo Abierto tan querida para el alcalde, e institucionalizar el Consejo Social de la Ciudad. Nada que objetar, salvo que se va hacia un nuevo reglamento sin que dos supuestos importantes del actual hayan llegado a estrenarse: la Consulta Popular –referéndum-, y los convenios de Colaboración Ciudadana entre Ayuntamiento y asociaciones. Y otro, clave, el de Audiencia Pública, ha tenido hasta la fecha muy corto recorrido. Todo ello en un frustrante marco de participación ciudadana en los diversos consejos consultivos disponibles: juventud, mujer, educación, etc.
Las inversiones en asfalto sin duda proveen de votos, además de ser, en muchas ocasiones, necesarias, pero si el gobierno local quiere atender a la ciudad de los derechos humanos, necesita cada vez más invertir tiempo y paciencia en participación, y dedicar presupuesto para garantizar a los ciudadanos y ciudadanas los mismos derechos y las mismas oportunidades.
Jesús Anta
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le Lunes 8 octubre 2007 a las 13:20
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IU Valladolid
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